domingo, 18 de octubre de 2015

SONIA DELAUNAY, LA ABSTRACCIÓN DEL COLOR EN LA MODA


La primera artista plástica en fusionar el arte y la moda, Sarah Ilinitchna nació en el seno de una familia judía muy humilde, en Odessa (Ucrania) el 14 de noviembre de 1885. Fue adoptada por su acaudalado tío paterno, tomando el nombre de Sonia Deloné-Terk. En 1903 Se trasladó a Karlsruhe, donde inició sus estudios en pintura, en 1905 continuó su formación en París en la Académie La Palette. En 1908 realizó su primera exposición orfista en la galería parisina de un marchante de arte y descubridor de talento, Wilhelm Uhde, con quien contrajo matrimonio convenientemente en 1909, consecuencia de la presión familiar que exigía su regreso a Ucrania. Uhde (su gran amigo homosexual) pronto la introdujo en el círculo bohemio de París, compartiendo con artistas como Georges Braque, Pablo Picasso, André Derain y Maurice de Vlaminck y conociendo al artista plástico Robert Delaunay, de quien se enamoró y en 1910 se divorció de Wilhelm para contraer matrimonio con él. 
Con esta unión se inició una gran aventura artística, convirtiéndose en una pareja clave en el desarrollo de orfismo. Inicialmente Su obra plástica fue inspirada por las formas cubistas y por el colorido de las obras de Paul Gauguin, Vincent van Gogh y los representantes del orfismo, desarrollando desde de 1910 un estilo basado en la yuxtaposición y contrastes simultáneos de colores puros que se descomponían en prismas, siendo considerada para la época como la “Reina del Art Decó”.



Con el nacimiento de su hijo, Sonia inició otra faceta en las artes aplicadas, diseñando y confeccionando una colcha hecha de retazos de tela en múltiples colores, para abrigar a su hijo y decorar su habitación. Robert describió esta colcha como una representación del arte folclórico ruso, pero los artistas plásticos, amigos de la familia, no dudaron en identificarla como una expresión del cubismo, alabando el trabajo de la artista. Es a partir de este momento que Sonia empezó a diseñar y elaborar objetos decorativos para su hogar y para obsequiar a sus amistades. Desarrolló sus primeros contrastes simultáneos, diseñando encuadernaciones basadas en la técnica del collage, trabajando para la portada del libro “Les Pâques à New York” en 1912 del poeta Blaise Cendrars y las ilustraciones del famoso poema del mismo autor, “La prose du Transsibérien et de la Petite Jehanne de France”. Para esta época también diseñó varias portadas para la revista Der Sturm y diseñó las primeras prendas que ella y Robert vistieron en ocasiones especiales.





Para 1912 volvió a la pintura pero ya se había creado gran fama por sus diseños comerciales. Sonia además de su obra plástica había aplicado los principios de la simultaneidad a una gran variedad de artículos decorativos y de la moda. Como prolongación a la pintura los trajes simultáneos que diseñó, se consideraron anti moda, pues ella se basaba en las técnicas pictóricas para atacar a la convencional moda de la época. Sus magníficas combinaciones de color rompían cualquier corte establecido y la agrupación de distintas telas con variedad de texturas, contribuía formalmente a su ruptura. La tendencia del orfismo aplicada en su obra plástica y los principios cubistas de sus ensamblajes se hicieron evidentes en sus diseños. Sus trajes simultáneos eran en realidad, obras de arte plasmadas en un soporte distinto que escapaban a la lógica de la moda comercial. Robert definía sus vestidos como “pinturas vivientes, o esculturas de formas vivas”.



En 1913 diseñó su primer robe simultané para ella, exhibiéndose en el Bal Bullier, un centro nocturno de Paris que frecuentaban los artistas y escritores de vanguardia. Este local de una atmosfera alegre y colorida, del que se dice, fue la última fortaleza del París decadente y bohemio de la preguerra, inspiró una de sus más importantes obras, “Bal Bullier”.

Sonia deslumbró a todos en el local, vistiendo un traje violeta a dos piezas, ajustado con una faja verde, en combinación con un corpiño seccionado en tonos pasteles como el rosa viejo, naranja amarillento, azul Nattier y el rojo escarlata. Sus diseños fueron tan impactantes que el poeta Guillaume Apollinaire escribió un artículo de prensa, citando a los Delaunay como “Reformadores del vestido”. Su amigo Blaise Cendrars quedó tan impresionado que inspirado por el outfit de Sonia, escribió un poema “Sur la robe elle a un corps”, que luego recopiló junto a otros 18 poemas dedicados a ella en su libro “Dix-neuf poèmes elástiques.



Pronto el bohemio París se vio influenciado por el estilo de Sonia, y otros artistas se sumaron adoptando vestimentas extravagantes. Cendrars empezó a usar insólitas corbatas pintadas a mano y el pintor Vladimir Baranov-Rossiné usó excéntricos pantalones de gruesas rayas en blanco y negro. Sonia funda la Maison Delaunay en París, convirtiéndose en el centro de la moda vanguardista, donde poetas, escritores y artistas se ataviaban con distinción. Con la revolución rusa en 1917, las propiedades de la familia de Sonia fueron incautadas por los bolcheviques, por lo que la moda, se convirtió en su principal fuente de ingreso. Y en el trampolín de su fama internacional, ella diseño piezas exclusivas para las más asiduas seguidoras de su look radical, como la actriz Gloria Swanson así como también, la periodista y poetisa Nancy Cunard entre otras. 




Durante la Primera Guerra Mundial la pareja se refugia en Madrid y en 1918 Sonia abrió una sucursal en la calle de Columela. Su primer pedido fue para el marqués de Urquijo, elaborando los trajes de sus cuatro hijas, gracias a esto logró captar como clientela a toda la aristocracia de la ciudad. Sonia también diseño el vestuario para el ballet Cleopatra de la compañía rusa de Diáguilev, presentado en Barcelona, cuyo director artístico fue Léon Bakst. Para la década de los años 20 la maison era la favorita de las esposas de los principales arquitectos del movimiento Bauhaus.



A su regreso a París, diseñó una nueva línea de ropa, que llamó “Robes- Poèmes” un hibrido trabajo que transgredía los límites genéricos, al combinar poesía y el vestido. Las técnicas empleadas por ella en sus colecciones se basaban en las teorías de lo simultáneo y en la combinación de pieles y fibras, e incluso metal, a lo que añadía un elemento táctil para el placer. En 1925 Sonia expuso en la gran Exposición Internacional de las Artes Decorativas de París, captando el interés de los grandes almacenes holandeses Mertz & Co, donde de inmediato colocó su producto.

Sonia Delaunay era una mujer de visión libre que podía cambiar radicalmente de una técnica a otra, su objetivo fue introducir el arte en la vida cotidiana, nada fue excluido a su alcance, ella incluso intervino un automóvil Citroën con su exclusivo estilo, en su maison además de piezas de vestir, también ofrecía piezas de cerámica, joyas, objetos decorativos y muebles, atendiendo una selecta clientela que incluyó a Sergei Diaghilev.






En el apogeo del mundo modernista dominado por los hombres, ser  mujer artista era una gran paradoja, pero Sonia sentó las bases para que las mujeres lograran mayor libertad en la expresión artística. Durante muchos años fue considerada simplemente como la fiel compañera de su famoso consorte, Robert Delaunay, pero actualmente se discute la superioridad de su obra, pues muchos alegan que su talento era mejor que el de su marido. Lo cierto es que juntos contribuyeron ampliamente en el desarrollo del orfismo y el abstraccionismo. Ella es considerada una artista con un estilo único que dejó un gran aporte en la historia del arte, fue una luchadora vehemente que supo interpretar como ninguna los aspectos más revolucionarios del avant garde de su época, aplicándolos en cualquier soporte plástico. 


Sonia fue una artista con una avasallante personalidad expresada en su obra, ella fue la primera mujer que logró en vida una muestra retrospectiva en el Museo del Louvre de París para 1964, su aporte hasta hoy sigue siendo fuente de inspiración para muchos diseñadores y casas de moda. Esta gran representante del arte y la moda, falleció a sus 94 años en Paris, el 5 de diciembre de 1979.


Para la primavera de 2015 afamados diseñadores mostraron colecciones inspiradas en su obra: Dsquared2 y Jean-Charles de Castelbajac trabajaron con su estética caleidoscópica y Junya Watanabe presento una línea orfista y futurista con prendas de confección 3D. El Museo de Arte Moderno de París, mostró desde octubre de 2014 hasta febrero de 2015, una gran retrospectiva de su obra, con más de 400 piezas que incluían pinturas, piezas decorativas, gouaches, grabados, artículos de moda y textiles. Esta exposición también fue presentada en el Tate Modern de Londres entre el 15 de abril y 9 de agosto de 2015. 




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miércoles, 14 de octubre de 2015

EL CIERRE, CREMALLERA O ZIPPER EN LA MODA

A década y media del siglo XXI y sin tiempo para perder, vivimos en el apuro sin considerar la historia de aquellos avances tecnológicos, que nos han permitido vestir de forma funcional y práctica, desconocemos o ignoramos el nombre de sus creadores y solo cuestionamos su función, cuando se nos traba o rompe un cierre. Es justo en esta circunstancia, cuando nos detenemos a pensar en quien fue el inventor de este ¡endemoniado artefacto!, sin saber a quién culpar de tan grave situación, que nos retrasa y que trastorna nuestra existencia.
El cierre o cremallera es un accesorio que con el paso de los años se ha vuelto bastante indispensable en las prendas de vestir, sus orígenes no están en la ropa, sino en el calzado.


Marcel Mauss
En el siglo XIX el antropólogo Marcel Mauss, dividía a los humanos de la antigüedad en dos categorías según su vestimenta: 
  • Los humanos de vestiduras envolventes, pertenecientes a las zonas cálidas desde África, el Mediterráneo hasta la India (mantos, saris shentis, túnicas, togas). 
  • Los humanos de vestiduras cosidas de las zonas frías, como los mongoles, galos y godos, que en principio ajustaron sus vestimentas con cuerdas, para luego con la invención de la aguja coserlas, adaptándolas anatómicamente para protección del frio.


Además de coser sus vestimentas, las ajustaron con lazos o nudos de cintas, luego se fabricaron broches y hebillas, al inicio en hueso animal para luego hacerlos en metal. La invención del ojal y por ende la del botón, facilitó a nuestra humanidad poder vestir de forma más práctica, los botones fueron fabricados en conchas de moluscos, huesos, cerámica, piedras y finalmente en metales. Los botones llegaron a convertirse en un símbolo de estatus, un ornamento de lujo, ya que se elaboraron en metales y piedras preciosas. Durante siglos los vestidos siguieron ajustándose al cuerpo gracias a correas, botones, corchetes, broches o lazadas. Hasta el siglo XIX este aspecto de la moda se mantuvo más o menos invariable. Los nobles tenían que recurrir a sus esclavos y sirvientes para poder vestirse, pues esta labor no era una tarea fácil.

Elias Howe

En 1851 el estadounidense Elias Howe esbozó un diseño que patentó como “cierre automático y continuo para ropa”, pero abandonó su producción por el éxito que había logrado con la máquina de coser (ganándole los royalties a Singer después de una batalla legal). Transcurridos 40 años, su compatriota Whitcomb Judson diseño y desarrolló un cierre que bautizó como “Clasp Locker” (cierre de gancho), un sistema de sujetador automático de corchetes para calzado que fue fabricado por la Universal Fastener Company y que debutó en 1893 en la Feria Mundial de Chicago, logrando un éxito inmediato. 




Sin embargo el cierre solo se aplicó al calzado, especialmente a las altas botas que se utilizaban como protección para el fango de las calles. El primer pedido que recibieron fue fabricar los cierres para los sacos del Servicio de Correos de los Estados Unidos, a pesar de las mejoras del invento el negocio fracasó, debido a que los cierres se atascaban con mucha frecuencia y tuvieron que retirarlos del mercado.

Gideon Sunbach

Gideon Sundbach, un ingeniero eléctrico de origen sueco, empleado en la empresa de Judson y Lewis, se trastornó por el fallecimiento de su esposa, dedicándose a trabajar día y noche en mejorar el invento y de esta forma olvidar su triste perdida, logrando para 1913 un cierre más funcional con dos hileras de dientes que se juntaban en una única pieza, mediante un dispositivo que al deslizar sobre estas, lograba cerrar perfectamente. Estas dos cintas paralelas y la pieza intermedia formaban una Y. En 1917 fue patentado con el nombre de “Hookless Nº 2” y se comenzó su comercialización. Este invento sólo se aplicó a botas, bolsas de tabaco y sacos de correo. Durante la Primera Guerra Mundial un sastre tuvo la idea de usar la cremallera en los monederos de los marinos, aplicándolos a sus cinturones de cuero. Después se utilizó en los uniformes de los aviadores y en los equipos de las tropas. Al principio de los años 20 su uso se extendió a los porta equipaje, pero su aplicación en la ropa civil no resultó práctico porque al ser metálicos se oxidaban con el lavado. En 1923 la B.F. Goodrich Company utilizó estos cierres para cerrar botas de goma y de esta forma se volvieron populares. Al cerrar las botas el ruido que hacían (“Zip”) le dio un nuevo nombre al invento “zipper”, este es el nombre actual que se le da en inglés.




En Francia la Sociedad Éclair, fundada en 1924, comercializó al cierre bajo el nombre de fermeture éclair que literalmente traduce cierre relámpago, es con este nombre como sigue llamándose en algunos países de habla hispana. Para 1926 los cierres se aplicaron en las braguetas de los pantalones usados por los vaqueros, ya que estas se cerraban con botones, implicando una incomodidad para su ajuste. En Francia para la segunda mitad de los años 30 se empezaron a incorporar a los pantalones masculinos. La revista Esquire en 1937, lanzó un reportaje ponderando al cierre como la mejor invención para la sastrería masculina, ganándole al botón en la famosa “Batalla de las Braguetas”, pero fue la diseñadora Elsa Schiaparelli quien lo incorporó definitivamente a la ropa femenina, aplicándolo a sus diseños surrealistas, como adorno y como un funcional sistema.



A principios de la década de los 30, la empresa Lightning Fastener Company de Gran Bretaña y Canadá experimentó con el plástico, utilizándolo para la fabricación de cierres, Harry Houghton gerente de esta empresa como una estrategia de mercadeo, ofreció a la diseñadora Elsa Schiaparelli 10.000 dólares para que usara cierres en sus creaciones. En una colección la diseñadora incorporó cremalleras de colores en sus diseños, aplicándolos en bolsillos, cuellos, puños y en los hombros. La cremallera se convirtió inmediatamente en otro símbolo representativo de su estilo. Estas cremalleras se fabricaban en acetato de celulosa y en nitrato de celulosa por lo cual no eran muy resistentes al lavado y se deterioraban con facilidad. Aún faltaba tiempo para la llegada del nailon.





En la Segunda Guerra Mundial las cremalleras metálicas se utilizaban en los uniformes militares, en las líneas de trajes funcionales ingleses con la etiqueta CC41, en los modelos Victoria Americana y en los monos de trabajo alemanes, que eran conocidos como trajes sirena, pues al sonar las alarmas facilitaban su rápida colocación para poder correr a los refugios anti-bombas. La cremallera de nailon hace su debut en los años 60, este material aportó los beneficios de resistencia, bajo peso, miles de colores y diseños que dieron un nuevo aspecto y practicidad a las prendas de vestir. 

                             

La mayor innovación del cierre surgió con la creación de modelos que podían separarse o abrirse por completo, que pronto se incorporaron a chaquetas y a otras piezas de vestir permitiendo una fácil adaptación al cuerpo. Los cierres, cremalleras o zippers podemos verlos actualmente en todo orden de productos, para la moda o en productos utilitarios. La NASA ha desarrollado versiones aislantes e impermeables que permiten mantener la presión de los trajes espaciales usados por astronautas y que también son aplicados en los trajes de buceo. Lo cierto es que éste ¡endemoniado artefacto!, que cuando se traba o rompe, retrasa y trastorna nuestra existencia, es en la actualidad un benefactor presente en la mayoría de la prendas de vestir y en un sinfín de productos que más que trastornar, facilita y hace de nuestras vidas algo más placentero.



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lunes, 12 de octubre de 2015

BEAU BRUMEL Y EL DANDISMO

EL Dandismo fue y sigue siendo, un particular estilo, un gran culto a la excelencia en el vestir. El primer dandi fue Beau Brummell, considerado un oráculo de la moda para su época. Este hombre transformó los códigos del vestir y la etiqueta en Inglaterra entre los años 1794 y 1816, rechazando las ostentosas modas francesas a favor de la sobria elegancia y la moderación. Para un dandi la apariencia física no sólo es un atributo, sino una razón de ser, las ropas no son el único elemento de una imagen esmeradamente construida, pues ser un dandi exige cuidar hasta el extremo el aspecto físico, cultivar un aire de distinción, elegancia y de saber estar, una actitud caprichosa ante la moda, unos modales impecables y sobre todo una estudiada actitud de fingida indiferencia. Según Baudelaire, “el dandi es indiferente o finge serlo”. En otras palabras, el dandismo requiere una pose de calculada despreocupación.

George Bryan Brummell fue el primer dandi y árbitro de la moda masculina británica, cuyo lema fue “No hay que hacerse notar”. Además, sentó el precedente del actual concepto de celebridad. Nació en Londres el 7 de junio de 1778, cursó estudios en el Eton College en donde sus compañeros lo tildaron de macaroni por su excesivo acicalamiento, continuó sus estudios en el Oriel College en Oxford, ganándose la fama de hombre ingenioso con lengua afilada y ocurrente. Al abandonar sus estudios en Oxford, ingresó como corneta en el décimo regimiento de húsares a cuyo mando se hallaba el Príncipe de Gales. A su retiro salió con el rango de Capitán.


Plebeyo de clase media, carecía de un abolengo nobiliario, su padre fue secretario privado de lord North, primer Ministro de Jorge III, empleo que le permitió reunir una discreta fortuna. Su abuelo fue un confitero en Bury Street. A la muerte de su padre, George se convirtió en el heredero de 30.000 libras, y se dedicó a despilfarrarla en el juego y comprando de manera compulsiva ropas finas, camisas, corbatas, sombreros, guantes y bastones.
Brummell no era un hombre especialmente atractivo, tenía el cabello rojo, la nariz perfilada al estilo griego, sin embrago tenía una agradable voz grave, ojos sagaces, era alto y bien plantado. Un día, en una lechería de moda en el Green Park de Londres, mientras estaba hablando con la propietaria entró el príncipe de Gales en compañía de la marquesa de Salisbury. El príncipe, quien pretendía ser conocido como el primer caballero de Europa, lo miró con admiración y con cierta envidia, pues vio como Brummell lucía una impoluta corbata blanca, un impecable conjunto de casaca, chaleco y pantalón, complementado con unos brillantes zapatos de punta afilada, que para entonces eran la última moda. El príncipe de Gales era gordo y con una tendencia a exagerar sus atuendos, gastaba cientos de miles de libras en su vestimenta. El heredero al trono quedó fascinado por su elegancia. 

Brummell causó tan buena impresión ante el príncipe de Gales que éste le convirtió en su amigo y de inmediato se introdujo en los círculos aristocráticos, lo cual llenó de estupor a la nobleza londinense, que vio cómo el nieto del confitero asistía a las íntimas reuniones principescas. Sin embargo su elegancia y distinción llamaron la atención y enseguida fueron copiadas, convirtiéndose en el árbitro de la moda cortesana y de la etiqueta de la Inglaterra del Regencia. Londres pronto se convirtió en el gran escenario donde exhibir sus exquisitas maneras. De la mano de su preceptor se presentó ante la sociedad londinense luciendo un frac de impecable confección. Los duques de York y Cambridge, los condes de Westmoreland y Chatham, el duque de Rutland se convirtieron en sus grandes admiradores.

Imprescindible invitado en Ascot, todos aceptaron la dictadura de sus exquisitos gustos y su carisma pronto lo convirtió en el líder indiscutible del exclusivo Watier's Club de Piccadilly. Brummell fue mucho más que un arribista bien vestido, fue un moderno autócrata que rechazó el dominante estilo aristocrático de los polvos, las pelucas y los tacones altos, combinados con seda, terciopelos y joyas extravagantes, imponiendo en su lugar un look que en su moderación, resultaba de lo más extremo.

Orgulloso, exhibicionista, desapegado y consagrado exclusivamente a sí mismo, Brummell hizo de la elegancia su única ocupación, obligándose en su originalidad, a una perfección obsesiva, plasmada en las 5 horas que tardaba en vestirse y en la ceremonia que dedicada al anudarse impecablemente la corbata, ritual que presenciaban sus amigos, incluido el Príncipe de Gales. Él ejerció una influencia sin precedentes en el aspecto masculino, al hacer de la sencillez y la discreción la norma de la elegancia, con trajes de pantalón largo (defenestrando para siempre la culotte) de corte simple, buen tejido y confección impecable, en colores oscuros, acompañados de impolutas camisas blancas y corbatas perfectamente anudadas; norma que hasta hoy perdura y que lo convirtió en el introductor del traje masculino moderno.

Su atuendo favorito era una adaptación del traje de cazar. Solía vestir una levita oscura impecablemente cortada, por lo general azul. Su elección de calzones ajustados fue determinante en la evolución de los modernos pantalones; las botas de montar de cuero que calzaba durante el día estaban cepilladas y pulidas a la perfección y su única concesión a la ostentación era un pañuelo elaboradamente anudado y que llevaba debajo de una camisa de cuello alto rígido. Su corte de cabello de rizos cortos y largas patillas, su cutis limpio y siempre bien afeitado, insinuaban una falta de interés por la apariencia física, cuando en realidad dedicaba horas a su toilette diaria. Cuentan que se bañaba hasta tres veces al día, algo inusual para cualquier mortal en esa época, era aficionado al agua de colonia Floris, un producto de la famosa casa del mismo nombre, fundada en Londres por el español Juan Famenias en el primer tercio del XVIII. Es recordado por la particular forma de abrir su cajita de rapé, utilizando el pulgar y estirando el meñique.

Este hombre definitivamente fascinó al Londres del siglo XIX y tuvo una influencia decisiva sobre la moda y las costumbres sociales. Tanto lo adularon los ingleses que el mismo se creyó invulnerable, pensando incluso que el juego sería igual de benévolo con él, pero se equivocó. Pronto empezó a acudir a los prestamistas acumulando grandes deudas. Perdió el favoritismo del heredero al trono durante una cena, en la que éste le pidió que llamase a un lacayo, a lo que Brummell contestó que podía hacerlo él mismo, puesto que tenía la campanilla a su lado. El príncipe así lo hizo, y de inmediato ordenó desalojar a Brummell porque “sin duda, había bebido demasiado”.

Éste fue el principio del fin. Desprovisto del favor principesco, Brummell tuvo que afrontar a sus acreedores, que como fieras se lanzaron sobre él. Se cuenta que en diez años había gastado más de un millón de libras en corbatas, pantalones y casacas. Tuvo que subastar sus muebles, incluida su escupidera de plata ya que según cuentan, él era incapaz de escupir en barro. En 1816 se exilió en Calais (Francia) huyendo de las deudas, completamente arruinado terminó en prisión, de la que pronto fue rescatado por sus amigos lord Alvanley y el marqués de Worcester, ellos se apiadaron y le asignaron una pequeña renta mensual. Manteniendo su postura de dandi por breve tiempo, vivió gracias al favor de sus camaradas y a los préstamos obtenidos de algunos ingleses que lo visitaban en Francia.
Como era su costumbre, siguió levantándose a las nueve de la mañana y empleaba horas en vestirse, se pavoneaba en largos paseos como si aún continuara en Londres y como amante de la buena comida, se hacía servir exquisitas y costosas cenas. Pero abrumado por las deudas ya no podía costearse los lujos pasados y cada vez se hundía más. Un noble amigo apiadándose de su situación, logró que lo nombraran cónsul de Inglaterra en Caen, pero a pesar de su crítico trance económico continuó llevando la despreocupada vida de antes. Finalmente fue destituido de su cargo diplomático y los acreedores volvieron a surgir, lanzándose sobre él. Brummell no pudo costearse más su ropa, sin embargo, un sastre de Caen, movido por la compasión y por el respeto de quien había sido el rey de la elegancia, le arreglaba gratuitamente los trajes que aun poseía. Parecía que no podía caer más bajo, pero en mayo de 1835 fue nuevamente detenido por deudas y conducido a la cárcel.

El duque de Beaufort y lord Alvanley se enteraron en Londres del triste suceso y pagaron su  libertad. Cuando salió de la cárcel, Brummell ya no era ni la sombra de lo que había sido. Comenzó a perder la memoria y se alojó en una pequeña habitación de un hotel de cuarta categoría, pasando horas enteras sin moverse de su aposento. Fue perdiendo la cordura mientras sostenía delirantes encuentros con los fantasmas de su pasado, los empleados lo veían trasladar sillas a su habitación que colocaba para recibir a sus invitados imaginarios, encendía las velas y abría las puertas,  solemnemente anunciaba la llegada de sus nobles invitados en voz alta diciendo:
¡Su alteza real el príncipe de Gales!… ¡Lady Conyngham!… ¡Lord Alvanley!… ¡Lady Worcester!… ¡El duque de Beaufort!… ¡Gracias por haber venido!… Y despertando de su sueño delirante miraba las sillas vacías y se derrumbaba en el suelo llorando. Sólo y demente, George Bryan Brummell terminó internado en un manicomio de la caridad pública en Caen, falleciendo posteriormente el 30 de junio de 1840.
El dandismo ha persistido en el tiempo, cada época y región tiene sus propios representantes. El francés conde D’Orsay sustituyó a Brummell como autoridad en cuestiones de imagen, tras  mudarse a Londres en 1821. En 1890 el esteta Oscar Wilde hacía gala de su reverencia por las apariencias, al tiempo que cultivaba una imagen de estudiada distancia y por supuesto, el gran estilo y elegante porte del escritor Tom Wolfe lo identificó como uno de los grandes dandis del siglo XX.

Aquel estilo del dandi que nació en Inglaterra entre el siglo XVIII y XIX, extendiéndose rápidamente por toda Europa, tres siglos después de su aparición aún perdura, los dandis han sobrevivido hasta nuestra era, pero más allá de los trajes de marca, los dandis modernos, apelan a la elegancia, a la cultura, a los buenos modales, al correcto lenguaje y a un comportamiento adecuado en cualquier circunstancia.

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viernes, 9 de octubre de 2015

CHARLES FREDERICK WORTH- PADRE DE LA ALTA COSTURA


Honrado como el padre de la Alta Costura, su histórica contribución a la moda es legendaria.  Charles Frederick Worth nació el 13 de octubre de 1826 en Bourne-Lincolnshire, Inglaterra. Hijo de una familia adinerada a sus 12 años se vió obligado a trabajar; triste consecuencia tras la pérdida del patrimonio familiar, resultado de la irresponsabilidad de su padre, un asiduo apostador en juegos de azar. Su primer empleo fue en Swan & Edgard un almacén de tejidos en Londres, para 1845 trabajó en Lewis & Allenby, comerciantes de tejidos de lujo y proveedores de la reina Victoria, a sus 18 años ejerció como aprendiz en una sastrería donde se especializó en este ancestral oficio. 


En el siglo XIX en la calle londinense Savile Row ubicada en el barrio Mayfair de Westminster era el distrito donde se generaban para el resto del mundo las más elegantes tendencias en sastrería masculina, pero la ciudad francesa de París era el reinado mundial, que dictaba las directrices de la moda femenina, en esta ciudad se encontraban los mejores proveedores de insumos para la confección y los más prestigiosos artesanos de la moda. París ofrecía la suntuosidad a una clientela que consideraba la moda como parte imprescindible de su exclusivo y ostentoso estilo de vida. Esta ciudad era el lugar ideal para Charles Frederick Worth.  

Worth visitaba en su tiempo libre, la National Gallery, motivado por la gran admiración que sentía al admirar los maravillosos vestidos que aparecían en los cuadros pintados por los viejos maestros. En 1946 impulsado por su sueño, se trasladó a París a probar suerte, encontrando una oportunidad en Gagelin et Opigez, uno de los grandes almacenes y más prestigiosos de la moda en París. En poco tiempo Worth logró hacerse socio de este almacén, gracias a los vestidos que diseñó y confeccionó a su prometida Marie Augustine Vernet, quien pronto se convirtió en su esposa. La clientela de la Maison Gagelin notó la belleza de estos vestidos, tanto así que en 1851 la empresa decidió abrir un departamento dirigido al diseño y confección a la medida, con Worth como director creativo.

       
En 1851, Gagelin et Opigez participó en la Exposición Universal de Londres, la primera exposición mundial, ganando para Francia la medalla de oro con una cola de corte creada por Worth, confeccionada en seda blanca y bordada en hilos de oro (valorada en el elevado e inusual precio de tres mil dólares), en 1855 nuevamente se hace acreedor de la medalla de oro en la primera Exposición Universal de Francia.  Ésta fue la gran oportunidad para Worth y el detonador de su éxito comercial. Asociado con el sueco Otto Gustaf Bobergh, fundó en el otoño de 1857 la Maison Worth en el número 7 de la rue de la Paix.  Worth era el genio creativo; Bobergh, se ocupó del aspecto comercial. No habrían podido escoger un mejor momento. La Francia del segundo imperio estaba gobernada por Napoleón III y su esposa Eugenia de Montijo, quienes quisieron hacer de París una gran ciudad imperial.


Madame Worth fue la primera en darse cuenta de la importancia que podían tener la emperatriz y las damas de la corte en la expansión del negocio de Charles.  Marie Augustine manejó el asunto de forma indirecta, visitando a la princesa Pauline de Metternich, esposa del embajador de Austria, a quien mostró un cuaderno con diseños de Worth. Madame Chiffon (apodo de la embajadora), se indignó ante la idea de que un inglés pretendiera vestir a las francesas, pero al ver los diseños se entusiasmó y encargó dos modelos, un conjunto para el día y un vestido de flores de tul drapeado para la noche. Cuando la Emperatriz Eugenia vio a Pauline en la Tullerías con este vestido de tul, le preguntó el nombre de su couturier, vertiginosamente la emperatriz se convirtió en la mejor clienta de Worth. Con esta importante cliente, pronto se convirtió en el proveedor de la corte francesa y como consecuencia, en el proveedor de todas las cortes europeas. Entre sus clientas se encontraba la Reina Victoria amiga de Eugenia, la emperatriz Isabel de Austria (Sissi); actrices como Sarah Bernhardt, grandes damas de la sociedad y alguna que otra demi mondaine.


Para esta época los couturiers permanecían en el anonimato, las damas ordenaban los diseños tomados de revistas y hacían cambios a criterio propio, contradiciendo esta costumbre, Worth diseñaba sus creaciones y sus clientas elegían sin emitir opinión. Él fue el primer modista o diseñador que atendió en su propio atelier. El couturier para sus pruebas elaboraba cada diseño en una toile, un prototipo del vestido hecho en liencillo, este modelo se ajustaba a las medidas de la clienta para luego ser  confeccionarlo en las telas adecuadas y con el acabado exigido. Para proteger sus creaciones estas llevaban una etiqueta con su firma, de esta forma no sólo aseguró su autoría, sino que creó la MARCA, distintivo inconfundible de una casa de modas. Siguiendo las pautas de Rose Bertín, Worth elevo al modista al estatus de gran couturier y a la categoría de artista. El nombre del couturier era ya más importante que el de las damas que lucían sus creaciones.


La contribución de Worth a la historia de la moda es legendaria, fue el primer couturier en producir colecciones completas para cada estación del año (en primavera y otoño), y no simples vestidos aislados, exhibía sus vestidos en maniquíes vivientes, mostrando como lucirían los vestidos en forma natural y dando vida a sus diseños, de esta forma instauró los desfiles de moda para la presentación de colecciones. Worth no sólo se preocupaba de sus creaciones, sino que escogía los peinados, los accesorios y las joyas que realzarían cada vestido, con lo que enseñó sutilmente a su clientela a combinar los conjuntos de manera armoniosa.


El ambiente de la Maison Worth ha sido comparado con el de una embajada, donde reinaba una absoluta discreción. La caída del Imperio en 1870 y el advenimiento de la República no hicieron mella en el éxito de Worth. Las monarquías española, italiana, holandesa y rusa, así como las ricas herederas americanas y las luminarias del mundo artístico, permanecieron fieles a sus creaciones. Ese mismo año se separó de su socio, Bobergh, quien regresó a Suecia por temor a la situación política. Su casa se convirtió en una empresa familiar a la que pronto se incorporaron sus dos hijos: Gaston y Jean-Philippe, que aseguraron el relevo, el primero ocupándose de la gestión y el segundo de la creación.


En 1871, Worth explicó a la revista inglesa Blackwoods los hábitos de consumo de su clientela internacional: las francesas eran hábiles ahorradoras, las inglesas no solían hacer locuras y las alemanas eran las que menos se interesaban por sus trajes. Sus mejores clientas eran las rusas y las norteamericanas: algunas de ellas gastaban en sus salones más de 4.000 libras al año. En 1897, las clientas podían encargar diseños de Worth por teléfono, por correo o visitando una de sus tiendas en Londres, Dinard, Biarritz o Cannes.


Charles Frederick Worth murió el 10 de marzo de 1895. Gastón contrató a Paul Poiret, un novel diseñador que destacaba por su creatividad. Durante dos años, Poiret intentó hacer evolucionar la filosofía de la casa para pasar de la pura elegancia a una elegancia más práctica. A pesar de que sus esfuerzos no coincidían con las ideas de Jean-Philippe, el joven creador consiguió llevar la empresa en una nueva dirección que resultó ser adecuada, ya que a principios del siglo XX, con la desaparición o el declive de la mayoría de las cortes europeas, el mundo de la moda ya no era el mismo.


Los hijos de Worth dejaron una duradera huella en la moda. En 1910, Gaston Worth se convirtió en el presidente de la Chambre Syndicale de la Haute Couture, institución creada para velar por la calidad de la alta costura y luchar contra la piratería; Jean-Philippe Worth también fue nombrado presidente en 1923, durante su dirección logró que los trabajadores de la industria de la moda obtuviesen vacaciones pagadas. También desempeñó un papel crucial en la fundación de la École de la Couture Parisienne, entidad de formación profesional creada en 1930.


La Maison Worth se extendió ampliando su mercado, lanzando en 1924 su primer perfume, Dans la Nuit, le siguieron otros diez. El negocio de los perfumes sobrevivió a la casa de moda, que fue adquirida en 1954 por Paquin, y de esta alianza surge la firma Worth-Paquin, cerrando definitivamente dos años después. 


Tres características de la empresa de Worth son las que establecieron los fundamentos básicos de cualquier casa de modas: 

  • Dirección personalizada por un director creativo,  actualmente llamado diseñador.
  • Presentación de colecciones para cada temporada del año. Quedando estructurada la moda para las temporadas: primavera/verano y otoño/invierno. 
  • Presentación y exhibición sobre maniquíes vivientes. Institucionalizando la pasarela para la presentación de colecciones, showrooms, y en definitiva, las casas de moda.


El ejemplo de Worth fue seguido inmediatamente por otros pioneros en toda Europa. Pero la importancia de que la moda comenzara a ser una actividad industrial repercutió no sólo en el textil, sino en otros sectores, el fenómeno moda cambió sustancialmente; naciendo así la moderna industria de la joyería, la del calzado, la peletería, que pronto se integraron a la Alta Costura, y la perfumería que con el tiempo ha alcanzado una gran importancia. De esa época datan marcas prestigiosas que aún perviven: Guerlain perfumes, Cartier en joyería y Revillon en peletería.


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